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COLUMNA - NACIONAL ( 23/03/2018 08:39:16 a.m.)
Houseman regaló alegría en un fútbol que no suele mostrar muchas sonrisas

Su aparición en el fútbol grande fue una bocanada de aire fresco en todo sentido, tras el fracaso que arrastraba -por ejemplo- la Selección nacional por quedar afuera del Mundial México 1970. En ese 1973, el seleccionado debía disputar las eliminatorias para Alemania 1974 contra Paraguay y Bolivia. El entrenador era Enrique Omar Sívori, y el "Cabezón" no lo dudó: convocó al "Loco" porque ese era el clamor popular.

 

Era una época bisagra, en la cual todavía los amantes del fútbol llevaban a sus hijos, nietos, sobrinos, a ver equipos que jugaran bien aunque no fueran hinchas de esos equipos. Por eso muchos pudimos ver en la cancha a tremendos jugadores, a verdaderos cracks como René Orlando Houseman, fallecido tras pelear con una dura enfermedad.

Fue en 1973, cuando Huracán era un concierto de toques y audacia, que un público ávido de buen fútbol pagaba entradas en cualquier cancha (se televisaba un solo partido en directo por semana, los viernes a la noche, y uno diferido los domingos) para ver a ese prodigio que derrochaba ingenio y talento rodeado de futbolistas que marcaron una época: la de recitar de memorias equipos y delanteras.

Así, Houseman pasó de las canchas ralas y sin pasto de la Primera C en 1972 -en donde se cansó de dibujar gambetas en todos los puestos de ataque para ayudar a que Defensores de Belgrano regresara a la B como campeón- a la Primera División sin paradas intermedias.

Y desde la primera fecha de un campeonato Metropolitano inolvidable para el "Globo", se formó la delantera que se dirá por siempre de memoria: Houseman, Brindisi, Avallay, Babington y Larrosa.

La camiseta blanca con el número siete en la espalda y el globo rojo en el pecho saltaría a las páginas de diarios y revistas, con su mirada asombrada y su sonrisa pícara en las tapas de Goles y El Gráfico. Todo el reconocimiento para un jugador distinto, que hacía de la gambeta su herramienta y del engaño que surge de una pisada, un caño, un sombrero, la forma directa de comunicación con los hinchas.

Su aparición en el fútbol grande fue una bocanada de aire fresco en todo sentido, tras el fracaso que arrastraba -por ejemplo- la Selección nacional por quedar afuera del Mundial México 1970. En ese 1973, el seleccionado debía disputar las eliminatorias para Alemania 1974 contra Paraguay y Bolivia. El entrenador era Enrique Omar Sívori, y el "Cabezón" no lo dudó: convocó al "Loco" porque ese era el clamor popular.

Esa aparición fulgurante, ese rayo que llegaba de la Villa del Bajo Belgrano, iba a recibir en pleno rostro los efectos cegadores de "las luces malas del centro", como rezaba aquella milonga rea. Y los debordes en su vida personal comenzaron a ir paralelos a la raya con los desbordes en la cancha. Esas sombras siempre lo acompañaron.

Pero en la cancha era otra cosa. Era, al decir de su técnico-padre en Huracán y en la Selección, César Luis Menotti, parte del ADN del potrero argentino. A pura gambeta y lujos, fue parte de un equipo que ganó y goleó de local y de visitante. Con un gol suyo, con el sello maravilloso de sus amagues en velocidad, el "Globo" le ganó en el último minuto a Vélez en Liniers en un partido durísimo y plantó chapa de candidato cuando todos lo querían bajar.

Osvaldo Ardizzone lo saludó de inmediato en una doble página de El Gráfico: "Shhh, le digo que Houseman no existe, le digo que es el Loco Corbatta". Era una apreciación ajustada en todos los sentidos, que aquellos que habían visto jugar al gran puntero derecho de Racing y la Selección hicieron desde un principio.

En el Mundial de Alemania 1974, clavó un golazo contra Italia que aún causa emoción, en especial cuando el público de esa cabecera se levanta asombrado por la maravilla que acababa de ver. Y cuatro años después, levantaría la Copa del Mundo con el seleccionado albiceleste, en una versión más reconcentrada y tal vez con menos diversión y picardía, sin esos chiches que antes le sobraban.

En 1980 se terminó su romance más largo con Huracán, ocho años seguidos con idas y vueltas en el final. River, de nuevo Huracán, Colo Colo, un equipo de Sudáfrica, Independiente en un fugaz 1984, y su amado Excursionistas para la despedida en 1985.

Pero ninguna estadística reflejará la alegría de verlo jugar en la cancha: una hinchada como la de Boca, que rara vez reconocía con aplausos a un rival (hoy eso ya no existe en ninguna cancha ni hinchada) estalló en ovación a los 40 minutos del segundo tiempo, cuando el "Loco" pisó una vez más la pelota, gambeteó, esperó a sus compañeros y le dio aire al equipo, cuando el Xeneize no lo dejaba cruzar la mitad de la cancha, en busca del empate porque perdía 1-0.

Ganó Huracán esa tarde en el Ducó y le cortó la remontada galopante a Boca de 19 partidos sin perder en ese campeonato de 1975, que tres fechas después festejaría River (después de 18 años). Y los aplausos de las cuatro tribunas fueron para ese pibe de 22 años, pelo largo y medias bajas. René Houseman volvía a demostrar en esa tarde nublada que el fútbol no tiene demasiados secretos. Y que la pelota bien jugada es siempre una expresión de belleza para todos y todas.

 
 
 
 
 
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